"Aún recordamos aquel Robert Montgomery que para nosotros es y será el auténtico, aquel Robert que era siempre el chico mimado, con un piso en la Quinta Avenida, con su eterno smoking, su leve tambaleo y arrastrándose de barra en barra para pedir un whisky. Intranscendente si se quiere, pero demostrando su buena madera do actor, cosa que confirmó al efectuar una escapada al género dramático en, "Al caer la noche”.


DE LA FE
Hay diversas ideologías que a pesar de sus diferencias de razonamiento todas tienen un denominador común; la fe. Ese estado de sumisión es motivo de luchas entre los hombres, éstos no se dan cuenta de que en el fondo todos participan de la misma creencia que es la fe.
Los que creen en Dios lo certifican con su fe aunque no puedan demostrar su existencia, así mismo el que cree en el alma o el espíritu, todas ellas entidades metafísicas que durante milenios se enraízan en la consciencia del hombre como verdades absolutas.
Cierto que son conceptos que equilibran las conductas de los hombres pero como he dicho también provocan luchas para imponer fanáticamente su uso radical. Puede creerse que el olvido de la fe en nuestras conductas ideales transformaría las relaciones humanas en la aceptación de unos con los otros, como también del medio y entorno del que hacemos uso, por tanto una aceptación de la muerte incluso de la especie humana como opción propia de sabiduría natural.
Ello, significaría recuperar un instinto de selección de los medios de supervivencia adecuados a nuestras necesidades, considerando la muerte una necesidad última de ese proceso selectivo.
DEL CONOCIMIENTO ÚLTIMO
Que gran inquietud de conocimiento emborracha al hombre. Queremos captar mentalmente el sentido de la existencia, su mecanismo y sus leyes, incluso aquello que pueda encontrarse más allá de los límites de la materia.
Y todo con el único intento de controlar y dominar, disponer y transformar.
Tengo una convicción, ése conocimiento último es posible, sólo que se llegará en el instante inmediatamente anterior a la transformación del cosmos. ¿De que nos servirá entonces unos conocimientos que ni tan siquiera podrán aplicarse a nuestra consciencia, también ésta llegada a su fin?
DE
Si establecemos que la consciencia no ha existido desde el principio de todo lo creado, sino como consecuencia de una evolución de lo existente, es comprensible que desconozcamos tantas de las cosas que podrían dar sentido a la vida que conocemos.
La cuestión principal es decidir si hemos de vivir y en qué condiciones, o bien aceptar el impulso del instinto por vivir.
Es preciso decir que ese instinto es principalmente egoísta, por tanto posiblemente contrario a la existencia de los otros, un camino substancial de la evolución humana sería una consciencia más altruista o cósmica de sobrevivir en función del beneficio común.
Pero seguiríamos sin poder entender por qué hemos de seguir viviendo, ya que el comportamiento hacia la existencia de los otros es una consecuencia del vivir y éste es el enigma de nuestras contradicciones.
La nuestra, es una existencia acelerada, presentidamente contraria al resto.
De lo dicho se puede pensar que es una visión sectaria de las variadas formas de vida y comportamiento que existen.
Cierto, es así, ya que las situaciones críticas y confusiones en las que nos encontramos a lo largo de la existencia son debidas a la relación que establecemos con aquellas cosas o aspectos que menos nos agradan de lo que nos rodea. Es nuestra limitación y parcial observación de la existencia.
Que yo no esté bien no quiere decir que todos estén mal o que siempre estaré así.
Si la existencia de la vida fuera debida a la casual coexistencia de factores propicios a su desarrollo, podemos utilizar ese principio para esperar de nuestro trabajo personal algún resultado satisfactorio que de sentido al esfuerzo que realizamos.
Aún así, en la niñez se nos borran situaciones de gran importancia y mucho más tarde aparecen de nuevo como proyectadas ante nuestros ojos adultos y autorizadas a nuestro entendimiento.
Eso es lo que me ocurrió hace unos días. Hasta ahora no me he atrevido a contarlo por lo extravagante y fantasioso que pueda parecer a la mayoría de mentes incrédulas. Yo mismo me considero desconfiado de las historias que se cuentan respecto a como será el futuro. Y de eso se trata, una visión del futuro inmediato a través de las enseñanzas que recibí del Doctor Advento. Así que, cual vulgar Teresa Forcades, mi responsabilidad me obliga a ello.
Fui un niño bastante inconsciente, corría creyendo que el mundo estaba vacío de obstáculos a los que sortear. Mi cabeza tiene algunas cicatrices de esos obstáculos, podría ser el mismísimo Hamba Gahle, aquel personaje sudafricano del que os relataba en una entrada anterior y que siempre estaba al borde de la muerte.
Según me contó mi tía, un día me llevó a un parque de atracciones, que es como entendemos de pequeños el mundo, y en una de mis inconsciencias o temeridades pasé corriendo delante de una barca que se columpiaba, yo que saltaba en tierra firme vi volar una barca extraviada del mar que dirigía la proa hacia mi sorpresiva cabeza.
El impacto debió ser brutal pues perdí conocimiento de todo lo que me ocurrió inmediatamente después y que hasta hace unos días no he vuelto a recuperar.
Sabía, a través de mi tía, que un hombre mayor con acento extranjero se acercó a mí curándome la herida. Hasta ahí los hechos que ya conocía, lo que viene ahora es la continuación que mi memoria a recuperado.
Para situaros geográficamente os diré que el parque de atracciones está en la montaña del Tibidabo, en la parte Noroeste de Barcelona. Era un lugar al que íbamos a menudo con mis padres y mi hermana por la proximidad de donde vivíamos. La urbanización de la montaña se debe al impulso del filántropo farmacéutico, Doctor Salvador Andreu Grau, así como la construcción del parque de atracciones inaugurado en 1899, aunque su nombre es mucho más conocido por las famosas “pastillas para la tos del Doctor Andreu”.

Es necesario hacer un breve recorrido por la historia del Doctor Andreu, pues como hilo de Ariadna nos conducirá de regreso al inicio de mi recuerdo.
Nació en 1841 y fundó su primera farmacia en 1866, vendiendo especialidades importadas y algunas fórmulas magistrales. Fue en 1868 cuando comercializó las pastillas contra el asma y la tos que le abrió mercados al extranjero, principalmente América Latina. A pesar de que al final del siglo ya disponía de una plataforma industrial bien establecida, no desarrolló la vertiente industrial y científica del negocio farmacéutico, sino que se dedicó a la promoción inmobiliaria, falleció en 1928.
Salvador Andreu vivió en el siglo de los grandes descubrimientos, el teléfono en 1876, la lámpara eléctrica en 1879, los descubrimientos de Livingstone que inició hacia 1880 el reparto de los territorios africanos entre las potencias europeas, en 1900 el matrimonio Curie realiza las primeras experiencias sobre la radioactividad del uranio y Fleming descubre la penicilina el año en que muere el Doctor Andreu, que se perdió en 1939 el descubrimiento de la fisión atómica.
Así que se puede decir que era un hombre de su época, inventor y empresario que consolidó una gran fortuna gracias a la tos.
Hoy en día las industrias farmacéuticas se enriquecen con la gripe que es una evolución de los síntomas de la tos.
Pues bien, los laboratorios del Doctor Andreu están ubicados en la ladera del Tibidabo, cerca del parque de atracciones donde tuve aquel terrible accidente. Yo tendría unos 4 años cuando ocurrió, fue en 1959, año en el que los laboratorios ANDREU crearon la asociación de vitaminas B1, B6 y B12 (BETRIPLE). De esas vitaminas estaría yo bien saciado por la energía que derrochaba.
Y en ese punto retomo el hilo cual Teseo en el laberinto.
Aquel hombre mayor con acento extranjero que me curó, trabajaba en aquellos laboratorios y decidió tomarse una pausa en su trabajo de investigación para pasear por el parque. Al verme en el suelo inconsciente y sangrando se acercó para tomarme en brazos y me llevó hasta el edificio del Doctor Andreu. Mi tía le acompañó aterrada en sollozos.
Hoy recuerdo aquellos momentos que se nublaron entonces. Veo con claridad una sala muy luminosa y enorme, en ella unos cubos de cristal servían de laboratorio independiente, ocupados cada uno de ellos por cuatro químicos. También tenían las primeras calculadoras e integradoras numéricas digitales electrónicas (ENIAC), así como analizadores robotizados de segunda generación (RA-sg). Estoy oyendo la música que sonaba en aquel espacio acristalado, luminoso y aséptico, eran los ricercare de
En ese entorno exento de alma humana (a excepción de la música), donde la arquitectura del cerebro se expresaba con tanta tecnología y sofisticación, los ojos de un niño medio inconsciente, asustado y herido, no podían entender aquel espacio sino como una atracción más del parque donde había ido a jugar. Aquellos inexpresivos hombres y mujeres (en eso también estaban muy adelantados, pues buscaban los mejores científicos sin prejuicios sexistas) estaban creando la moneda del futuro. Ni el oro podía ya competir con las fórmulas magistrales que con el tiempo se convertirían en el Tamiflu que produciría Hoffman-La Roche, laboratorios que en 1978 adquirieron la marca del Doctor Andreu.
El Doctor Advento que así se llamaba mi sanador, me instaló en un escáner que emitía ondas cicatrizantes y regenerativas. Aquel aparato apareció públicamente en 1963, cuatro años más tarde, aunque su inventor, Rudolf Hell, era en realidad el doctor Advento y sus aplicaciones no tenían nada que ver con las que se utilizaron conmigo.
El secretismo de aquella industria es un misterio para mí, pero ahora ya nunca olvidaré las palabras del Doctor Advento cuando me acompañó hasta donde me esperaba mi tía: “el mundo futuro será de los tecnócratas”. Era el año 1959, en España influyentes personajes próximos al Opus Dei llevaban las riendas de lo que se llamó “el desarrollismo” o “plan de Estabilización”.
Utilizaba las técnicas del patronaje para realizar en volumen las diferentes formas. Quizá el hecho de que mi madre era modista (nos hacía la ropa a mi hermana y a mí), me haya dejado la huella de esa manera de construir a base de patrones.
Las figuras resultantes se asemejan a maniquíes, hay cierto hieratismo en sus presencias.
Les falta el aliento de vida que emocione. La indumentaria no es nada sin el cuerpo que le da movimiento y expresión.
El estatismo de estas piezas, que puede llegar a producir incomodidad, me recuerda cuando era niño. Vivíamos en un piso compartido con una tintorería, una puerta separaba una estancia de la otra. Al anochecer la tienda quedaba a oscuras y mi reto, tenía unos ocho años, era traspasar esa puerta y pasearme entre los abrigos colgados que vagamente podía apreciar en sombras y que me producían cierto miedo por su apariencia de extraños personajes. El día que lo conseguí me sentí lleno de valentía y victorioso. Ese día se ha gravado en mi memoria de forma persistente, lo que bien pudiera ser la causa de querer reproducir aquellos cuerpos vacíos en una de mis etapas artísticas.
Personaje sentado a lo MatisseDigamos también que este planeta único por sus condiciones favorables a la vida dejaría de serlo por la misma finitud que comporta su nacimiento. Por lo tanto, toda la vida sobre la tierra también desaparecerá. La humanidad está preparando su traslado a otro lugar y esta posibilidad de perdurabilidad debe agradecerlo a su capacidad intelectual desarrollada a raíz de una falta de alimentos en cierta edad de su evolución.
¿Hay que pensar que hemos desarrollado la inteligencia para poder salir algún día de este mundo antes que sea absorbido por el sol? En aquel momento se desconocía esa posibilidad, aunque concernía al futuro. El futuro condiciona relativamente, ya que tenemos tiempo para solucionar los problemas posibles que se nos plantee, no sucede lo mismo con el presente inmediato ya que su resolución modifica el futuro. Así pues, la inteligencia y sus consecuencias son desarrolladas por un hecho muy concreto y no aleatorio, pues de una manera progresiva y por razones ambientales y complementarias la falta de alimentos provocó la alarma y alteró la rutina intelectual de aquellos homínidos primitivos. Es necesario remarcar que lo superaron, pues otras especies desaparecieron.
Un punto importante en esta evolución intelectual consiste en el momento en el que el hombre se da cuenta de la importancia del motivo motor de la actividad intelectual. La vulgaridad de la alimentación lo conduce a buscar razones más importantes, un reto a su capacidad de resolución.
El vicio ya se ha creado y la dependencia de un efecto mayor. La dosis del narcótico se aumenta con la religión y de ésta saldrá la astronomía y la ciencia en todas sus ramas conocidas. Y aún se espera algo más embriagador.
Hay algo que funciona al margen del capricho humano y de momento estamos sometidos a su influjo. El hombre no busca conocerlo porque ni siquiera lo intuye dada la singularidad de su existencia. Esto no es ningún impedimento para la evolución de la capacidad intelectual. Nadie conoce el grado de evolución y transformación o mutación que sucederá en el hombre, pero puedo imaginar que conocerá lugares del espacio muy lejanos, comportamientos matéricos y ultra matéricos impensables hoy. Sus construcciones no envidiarán ninguna estructura cósmica y también su fin lo dispondrá a su antojo.
Al igual que el espacio existente fuera de la atmósfera terrestre es diferente al que nosotros respiramos, también de manera parecida sucede en nuestra conciencia, siendo la misma reacciona y provoca alteraciones en su nivel de influencias afectándose al mismo tiempo de su entorno. Un pensamiento sin orden es el lenguaje de la intuición.
En esta tercera versión cinematográfica del drama personal de Tolstói adaptada por Jean Anouilh y Julien Duvivier, hay algo que sobresale por encima de todo, y ello es una exquisita “finesse” de ambiente y atmósfera, con un empaque total de dignidad artística.
Es una lástima, empero, que ello se vea malogrado en ciertas secuencias por unos forzados y reiterativos planteamientos de carácter, que resultan más al descubierto por una interpretación secundaria muy “inglesa”, es decir, algo fría y en ciertos momentos estática e inexpresiva. Así por ejemplo incluso en los primeros papeles ya que a Kieron Moore no le bastan sus ojos profundos y su físico para sobrellevar una interpretación que no pasa de discreta, e incluso el mismo Ralph Richardson, gran actor, al lado de escenas magníficas tiene otras que se asoma el resabio teatral.
Vivien Leigh en cambio, está por encima de todo ello, ofreciéndonos una de sus mejores interpretaciones; más bella que nunca, expresiva en todo momento y plena de matices.
Lo más logrado de la cinta lo obtuvo Duvivier, aparte de la atmósfera y el ambiente, en los diálogos de Karenin con su mujer, pero en cambio le falta tacto en la escena final, quizá por querer sustraerse a la anterior versión de Clarence Brown. Duvivier ha machacado demasiado en forma excesivamente cruda el pecado mortal que comete Ana Karenina. Recordando la versión de Brown de dicha escena, que intuición, que sugerir, solamente a base de sombras y ruidos de fondo la tragedia llegaba más a nuestra alma, sólo presintiéndola, sin verla. En cambio, Duvivier, se muestra demasiado realista y por ello la escena roza los límites de lo repelente y en consecuencia se aparta de una resolución que pudo ser imaginativa y simbolizada.
A pesar de todo ello no empaña el máximo valor de la cinta, que como decimos anteriormente, rezuma toda ella honradez y dignidad artística.
No he viajado mucho, seguramente en muchos sentidos, lo cual no da a mis juicios suficiente interés, más valor tienen las experiencias de otros a los que considero imprescindibles para saber del sentido de la vida y del hombre. Seres a los que su piel se ha convertido en corteza que esconde los círculos concéntricos que con el paso del tiempo han crecido en su interior, siempre alimentándose de raíces profundas, tan extensas que llegan al límite de un núcleo lleno de fuego.
En uno de mis escasos viajes, aunque en ese caso fue un país lejano, me encontré con un personaje muy especial. Fue en Sudáfrica, cerca de Durban. Una de mis mejores amigas nació allí, y gracias a su extrovertida relación con las personas (blancas y negras) de aquella ciudad, fuimos invitados por Mercy, cocinera de su primo, a pasar un par de días con su familia en un poblado llamado, Inanda, donde los únicos blancos éramos mi amiga y yo.
Nos reservaron una gran estancia para nosotros solos. Era una choza circular con el techo de mimbre y paja. Una cama, dos sillas y una mesita eran lo único que le daba el aspecto de una habitación.
El retrete, situado en una ladera de la zona, era comunitario para unas cuantas familias. Consistía en una cabina que escondía un pozo con cal en su interior, supongo que con la intención de higienizarlo para los visitantes recién llegados.
Hicieron una cena generosa y alegre. Muchos familiares de los anfitriones nos acompañaron en una comida llena de especias sin llegar a ser muy picantes, más bien aromáticas, como sus conversaciones.
Uno se da cuenta que los seres humanos tenemos una facilidad de adaptación considerable, pues aún en las circunstancias más pobres sabemos crear momentos festivos que nos unen. Se respiraba verdadero afecto.
Los familiares invitados, una vez avanzada la sobremesa, empezaron a despedirse. En un reducido círculo de tertulianos el más viejo del grupo (a pesar de tener 54 años parecía mucho mayor), nos contó su largo historial de accidentes siempre al límite de la muerte.
Pocas semanas antes de nacer Bienvenido (traducido del Zulú), que así se llamaba aquel envejecido hombre de 54 años, su madre tuvo un grave accidente al caer de un camión abarrotado de gente. Creyeron que habría perdido a su hijo. Tuvieron que cuidarla día y noche mientras Bienvenido se preparaba, a pesar suyo, para ver el mundo.
El parto, aunque difícil por la resistencia del bebé a salir, no supuso ningún problema ni pareció que hubiera afectado físicamente al pequeño. La madre sobrevivió y dio vida a otro ser.
Bienvenido creció con mucha energía y su curiosidad le llevó a extremos increíbles de temeridad, como intentar acariciar a unas crías de leona un día que se escapo de la vigilancia de sus padres. La madre leona se lanzó sobre el pequeño diablo y la madre “no hay más que una”, sobre la bestia. Pronto llegaron el resto de familiares humanos que lograron ahuyentar al animal. El diablillo tenía unas profundas marcas de colmillo y sangraba abundantemente, mientras que su madre tenía heridas más graves y murió en pocas horas.
Bienvenido sobrevivió gracias a la valentía de aquella mujer que le dio una segunda oportunidad.
Mientras nos contaba su relato, los que allí estaban asentían con un fugaz canto de lamentación al final de cada secuencia, ¡Hamba Gahle!, que significa: vete con Dios.
Siguió narrando cómo se escapó de nuevo de su entorno custodio. Tenía 14 años y su afán de aventura y riesgo no cesaba a pesar de recibir más de una advertencia sobre la peligrosidad de perder la vida por la imprudencia en vivirla; tal vez eso era lo que le atraía.
Subió a un tren quizá para aumentar la velocidad de su propia existencia, o para llegar antes a su destino, que es el de todos, morir.
Pero había algo en él que le protegía de cualquier final que no fuera la noche y el dormir, único instante en el que parecía aceptar una tregua al duelo constante en el que vivía. Él, sin armas, más bien sobrevivía porque los “otros” fallaban su puntería.
El tren descarriló, ¡cómo no! Entre los amasijos de hierro y madera sobresalió una cabeza que aún respiraba. Bienvenido estaba atrapado, metafóricamente entre la vida y la muerte, entre aquellos retorcidos materiales férricos y su aliento.
Estuvo varios meses en el hospital recuperándose de importantes traumatismos por todo el cuerpo, hasta que finalmente volvió a retar a su “contrincante”. ¡Hamba Gahle!.
Cuando pudo, se puso a trabajar en la extracción de diamantes, no por su cuenta, claro, si no para la empresa Petra Diamonds Ltd. Las condiciones eran muy duras y un día decidió aumentarse el sueldo llevándose una pequeña piedrecilla como portador infiltrado para un grupo organizado de ladrones.
Lo descubrieron y en su huída fue perseguido hasta unos terrenos cercanos a un parque nacional donde vivían en cautiverio animales salvajes. En su intento desesperado de escapar se introdujo en esa zona de gran peligro. Los agentes que le perseguían disponían de armas para protegerse lo cual no les infundía temor adentrarse en ese espacio prohibido. Se escondió entre malezas intentando no ser visto, ni por sus perseguidores ni por los depredadores que podían merodear por aquel lugar.
Cuando creyó que había despistado a los agentes se arriesgó a salir de su escondite, prefiriendo una muerte salvaje a otra “humanizada”. Los rinocerontes blancos no suelen tener buena vista y se alejan de cualquier movimiento que observan, pero cuando llevan una cría con él son muy agresivos y se lanzan sobre lo que consideran que puede ser un peligro para su pequeño.
Bienvenido fue corneado por ese punto de mira prominente del que esos animales hacen ostentación. Tan fuerte fue el golpe que lo desplazó a
Bienvenido fue rescatado y detenido al mismo tiempo, aunque no sabían si salvarían su vida.
Nuevamente el hospital fue su hogar del que salió reconstruido, pero al salir le encarcelaron. ¡Hamba Gahle!.
Llegados a este punto de la resumida biografía que nos contaba Bienvenido, Anet mi amiga, y yo, nos miramos sorprendidos y expectantes, pues hacía sólo dos años que Mandela se había convertido en el primer presidente de raza negra de
Al parecer, según nos dijo Bienvenido, la amistad que nació entre los dos fue creciendo a medida que Mandela conocía los detalles de la vida de aquel maltrecho joven de 25 años. Le impresionó su valentía y arrojo vital hacia la aventura, y por supuesto, la milagrosa capacidad para sobrevivir a tantas situaciones cercanas a la muerte que él perseguía.
Bienvenido conoció de primera mano los ideales del hombre que cambió la situación de apartheid que vivía su país, se interesó vivamente y le prometió luchar por esos mismos ideales al salir de prisión. Fueron dos años de reflexión durante los que decidió entregar su vida por una causa digna.
El día que salía de Robbend Island, se fundía en un largo abrazo con aquel hombre que le sirvió de guía para dirigir ése impulso incontrolable que nacía de su interior más desconocido. ¡Hamba Gahle!.
Se afilió al Congreso Nacional Africano (ANC) y siempre estaba en primera línea de las manifestaciones. Nos mostró algunas cicatrices de heridas de bala, una cercana al corazón.
Su posición se volvió más radical y llegó a formar parte del Umkhonto we Sizwe (‘Lanza de
Al volver a su país, el avión en el que iba se estrelló al intentar un aterrizaje forzoso.
Eran 45 guerrilleros más los dos pilotos. Murieron todos, excepto uno, él.
Con quemaduras y graves lesiones estuvo internado más de un año en el segundo útero materno, que él llamaba al hospital de turno.
Pensó que por más que quisiera dejar éste mundo una fuerza misteriosa siempre lo salvaría, así que a partir de aquel momento dedicó su vida a salvar otros suicidas más normales, como los que se cuelgan de los árboles o se lanzan desde los acantilados, seres que en el fondo reconocen imposible su deseo de vivir.
Bienvenido no deseaba vivir porque no le interesaba éste mundo, no era una conclusión meditada, era el impulso que la mutación de un gen había provocado en él, como el que siente la necesidad de jugar, de aprender, de crear.
Hoy, a mis 54 años y recordando aquella noche, me siento resignado a ser lo que mis genes me ordenan. Imaginarme historias como éstas que nacen de un impulso profundo y salvador. ¡Hamba Gahle!.
En julio de 1995 realicé una serie de collage que titulé, “Tentaciones”, nombre del suplemento del periódico, “El País”. Recortaba formas de las imágenes que me atraían y tras la composición en el papel las perfilaba en negro.
Fue un verano en el que, después de un viaje al Delta del Ebro (Tarragona) en bicicleta con unos amigos, volví afectado de una hepatitis A. Tuve que estar en reposo absoluto, lo que me fue de perlas, pues mi estado físico no era de dolor, si no de cansancio. De ese estado lánguido, relajado, lento, realicé un gran número de estudios de color y negro, donde las formas simples de los primeros collage se iban convirtiendo en mesas de objetos a lo largo de aquellos días.
He aquí una muestra.





A mi amiga Anet le hice muchos retratos, algunos se parecen a ella, otros no tanto, pero nacieron diferentes personajes que expresan su múltiple personalidad y mi propia dispersión creativa.
He seleccionado estos cinco dibujos por la diferencia de estilo y expresión.





En ese estilo, Hitchcock - continuando en América su brillante carrera iniciada en Inglaterra -, ha impregnado a sus cintas, vulgares en el fondo, una calidad artística y un sello personal inconfundible. Ese sesgo singular, el ambiente original -quid de todas sus películas-, su dominio del momento intensivo, pulsativo de los resortes emocionales, calculador de la intensidad en la acción, jugando siempre con los nervios del espectador, apurando angustiosamente el momento que se espera, todo ello aunado con el maravilloso uso que hace de la cámara le han fundamentado esa personalidad especializada, que incluso el "estandarismo" americano no ha podido desfigurar. En el complicado juego del psicoanálisis manipulando con paranoicos y esquizofrénicos Hitchcock nos maravilla nuevamente con su talento.
La interpretación es inmejorable, una Ingrid Bergman cada vez más actriz de lo que ya nos tiene acostumbrados, expresando su excepcional temperamento con elegantes maneras, intensidad y candor sentimental. Gregory Peck confirma y revalida su meteórico estrellato con su atormentado papel y los secundarios, como siempre, ajustados al engranaje de toda producción perfecta.
RECUERDA es un film alucinante, absorbente, sobrenatural, que ahonda en el misterio de la mente humana y que sólo el genio y la habilidad de Alfred Hitchcock podía llevar al éxito mas completo y logrado.
¿Puede quedar algo positivo después de 18 meses de servicio militar obligatorio para un chico de 20 años? Si concretamos más en las preferencias de ese joven diciendo que estaba interesado en leer filosofía, que amaba el arte y descubría la música de Thelonius Monk, seguramente sacaremos una única conclusión, ¡Qué perdida de tiempo! Pues ése joven era yo.
En aquel tiempo, un año después de la muerte del Dictador Franco en 1975, aumentaban los objetores de conciencia. Eran detenidos y la cárcel era su servicio militar. Pero gracias a ellos, hoy, el servicio militar ya no es obligatorio. O quizás los papás de clase alta ya no querían pagar más sobornos para que sus hijos sortearan pasar por tan “servicial” servicio, o talvez el coste económico que suponía para el estado mantener a tanto soldadito ya no era necesario, o... Quién sabe qué pudo más. Prefiero pensar que fueron los valientes defensores de la libertad de conciencia.
Pues bien, después de 3 meses de instrucción patriótica, un buen corte de pelo (como si quisieran arrebatarnos toda nuestra energía Sansonil), y un exceso de proteína comiendo carne con patatas y huevos fritos cada día, me aconsejó un compañero que me apuntara para hacer un curso de sonar en el siguiente destino. Serían 3 meses más de distracción y evitaría ir directamente a un barco, seguramente a fregar cubierta.
Cosas del destino, el azar, o la divina providencia, me dieron un cuestionario en el que se apreciaba una cruz borrada en cada una de las respuestas correctas de un listado. Así lo deduje, pues en muchas coincidía con las que yo me sabía. Ni corto ni perezoso empecé a señalar cada una de las marcas fantasmas del cuestionario con la intención de sacar la máxima puntuación y escoger una ciudad diferente de destino. Siempre me quedará la duda si alguien conscientemente me facilitó aquel documento manipulado o bien fue fruto de algún despiste involuntario.¡Sobresaliente! ¡10 sobre 10!
Los mandos de aquel Centro creyeron que estaban delante de un experto en tecnología de localización acústica subacuática. Así que decidieron ignorar mi petición de traslado a El Ferrol (La Coruña), donde seguramente no me esperaba otro destino que un dragaminas viejo y desahuciado fondeado permanentemente en un muelle pestilente, para que me quedara como ayudante del teniente instructor.
Si habéis llegado hasta aquí permitidme un par de líneas más para encontrar la respuesta a mi primera pregunta.
Conclusión: ni fui un buen soldado, ni un experto “sonarista”, ni un cuidadoso bibliotecario, pero de esos 18 meses de “cautiverio” tengo un material artístico considerable que tal vez os vaya ofreciendo regularmente. Hoy os presento, mi “Triunfo personal”.
Hoy he estado releyendo los textos del libro “RETÒRICA DE CAMBRA”, intentando encontrar alguno que pudiera incorporar al blog. Finalmente me he decidido por escanear los dibujos que acompañan a los textos. No encontraba ningún discurso convincente, claro, informativo y mucho menos formativo. Hay una parte de la retórica que únicamente pretende convencer mediante técnicas persuasivas. He de reconocer que estos textos tienen un cierto artificio y escritos sin convicción. Se alejan del arte del bien decir y la elegancia, con razones que no vienen al caso. Un exceso de elucubración improvisada.
No en vano, con el paso del tiempo se convirtió más en un diario que en una tesis filosófica.
Dicho esto, quiero pensar que las ilustraciones que acompañan los textos se alejan de esa presunción retórica.
Seguiré leyéndolo, tal vez en algún momento pude estar inspirado y acertar en la diana, lanzando con buen estilo literario el argumento de una idea.



