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jueves, 17 de noviembre de 2011

La Espiral

Teléfonos inteligentes, televisores inteligentes, los aparatos electrónicos están quitando el espacio pensante a los seres humanos.

Este pensamiento daba vueltas en el cerebro de Roberto como si fuera una salvación, pero sin darse cuenta que permanecía encerrado en los pliegues de un músculo cada vez más atrofiado.

Su supuesta salvación era entregarse al servicio que le ofrecían las máquinas pensantes. A veces olvidamos que detrás de las máquinas hay seres humanos que las piensan. Detrás de la opresión, la esclavitud social, hay seres humanos que las organizan.

Roberto no se daba cuenta que hay una lucha entre los humanos mayor que entre los animales, pues éstos no persisten más allá de unas simples necesidades. El hombre imagina necesidades que compiten con las imaginadas por otros.

Nuestro personaje, abatido, desilusionado, abandonado por la suerte, el azar favorable, decidió entrar en un nuevo habitáculo electrónico en el que la ciencia había estado trabajando los últimos 50 años. Ya se disponían de centenares de miles de ellos colocados en las calles de las ciudades. De forma tubular, medían unos 2 metros de diámetro y 2 de altura. Durante el día no los veías, era a la noche cuando emergían del suelo urbano y las gentes bajaban de sus casas para introducirse en ellos.



Tenían un recorrido en espiral y a medida que ibas entrando en ellos el escáner que ejercía sobre tu cerebro iba despojándote de parte de tus pensamientos, considerados peligrosos o dañinos para tu estabilidad social.

Al final de la espiral, el cuerpo había sufrido tal mutación y levedad que te permitía salir por la parte superior de aquel aparato como si fueras tan liviano como una pluma. Caías suavemente sobre el asfalto y nuevamente te reincorporabas en tu camino de vuelta a casa.

Así, Roberto, podía conciliar el sueño, sin pensamientos, sin preocupaciones, sin dormir, enterrado, que sería la expresión más adecuada, pues en la muerte de las ideas no existe ningún despertar.


Como complemento a este escrito os invito al enlace de un post que escribí el 15 de noviembre del 2009. En cierto modo premonitorio de la situación política europea actual.

http://jordipascualmorant.blogspot.com/2009/11/el-mundo-del-doctor-advento.html


sábado, 26 de diciembre de 2009

EL ASESINATO DE Mr. BLOG


El comisario Esco reunió a los sospechosos en la sala virtual del hotel Internet.
Uno de ellos, o en complicidad con alguno más, podría ser el asesino de Mr. Blog.

- Soy el comisario Esco, mis saludos a todos los presentes, los nombraré pidiéndoles que confirmen su presencia en este interrogatorio y les ruego definan su identidad, quisiera complementar algunos datos que ya tengo sobre ustedes.

- ¿Mon Ra River?.
- Me encuentro en la sala, señor, soy monje budista, imparto clases de relajación urbana.
- ¿Quiere decir que alivia el estrés de la gente?
- Si quiere llamarlo así, aunque mi método no disminuye la tensión, sino que la evita.
- Bien, quizá nos sea útil su método en esta reunión, pues el caso que nos ocupa puede crear mucha tensión en algunos de los presentes.

- ¿Mar-él Bird?
- Le escucho, comisario...
- Curioso nombre, ¿señor, señora? –Interrumpió Esco-.
- Mujer. Para aclarar su curiosidad le diré que mi madre era árabe y mi padre norteamericano. Fue ella quien escogió mi nombre, que recientemente he descubierto que pertenecía a un amante que tuvo. Soy escritora.
- Término muy amplio para definirse –apuntó el comisario-. ¿No quiere especificar más?
- Soy lesbiana, ¿es suficiente definición?
- Puede serme útil para atar “cabos sueltos” –contestó el comisario Esco, ralentizándose en esas palabras con ironía-, en mi pueblo así se les llama a los amantes del mismo sexo.

- ¿Se encuentra en la sala Stal-keél? –Preguntó a través de su webcam el comisario-.
- Aquí estoy –respondió una voz grave y firme-. Le aseguro señor Esco que tengo una enorme curiosidad para ver cómo hilvanará esa madeja cual plato de espaguetis, además de “atar cabos sueltos”, por supuesto.
- Señor Stal-keél, las ironías las aceptaré después de su presentación, si no tiene inconveniente.
- Ninguno en absoluto. Soy aprendiz de búfalo.
- ¿Cómo? –Exclamó el comisario-. Bien, bien, no hace falta que me conteste, se de su finura con las palabras. Sabrá usted que el búfalo es un animal cordial y paciente, pero corre el peligro de ser considerado algo excéntrico, un animal tranquilo hasta que se enfada, entonces demuestra su agresividad interior. ¿Es ese su caso señor Stal-keél?
- Es una certeza insinuada poderosamente, señor Esco. Pero le recuerdo que sólo soy un aprendiz.
- Pues yo llevo muchos años en este oficio y le aseguro que durante mi experiencia me he encontrado con topo tipo de animales, asesinos salvajes que demostraban cierta tranquilidad ante los interrogatorios y total frialdad. Le pondré a prueba con ciertos datos que le incriminan en el asesinato de Mr. Blog, señor Stal-keél.

Hubo un silencioso movimiento que provenía del ordenador de Stal-keél.

- El siguiente de mi lista creo que demostrará mucha más pasión que usted – prosiguió el comisario-.
- ¿Susan Palmer?
- Vaya, no me gusta que me dejen la última, comisario –respondió con impaciencia, Susan-.
- ¿Qué le hace pensar que es usted la última, señorita Palmer?

Susan se llevó el cigarro a los labios esperando encontrar una respuesta adecuada.

- Quizá me he apresurado, entonces me halaga no ser la última.
- Yo diría que todo empieza por usted –le contestó el comisario-. Pero antes quisiera saber cómo se definiría.
- Soy periodista. Indago información que descubra las falsedades de este mundo.
- Muy loable actitud, señorita Palmer. ¿Me ayudará a descubrir las que aquí se digan?
- Ese es su trabajo, comisario, no el mío.
- Vaya, veo que es buena defensora de sus amigos. ¿Pero acaso no lo era Mr. Blog?

Una vez más el cigarro le ayudó a pensar la respuesta.

- Así lo creí.
- ¿Y qué le hizo cambiar de opinión?
- Fue él quien cambió.
- ¿Podría ser más explícita, señorita?
- Tuvimos una relación sentimental de la que salí dolida y decepcionada. De su entrega inicial fue alejándose progresivamente sin motivo aparente. Ese cambio fue el que hizo disminuir mi afecto y amistad.
- ¿Fue ese el único motivo? ¿Conocía usted la relación que mantenía Mr. Blog con una de sus mejores amigas?
- ¿Relación? ¿Qué tipo de relación? ¿Qué amiga?

Hubo un silencio incómodo aunque intencionado de Esco.

-¿Sigue ahí, comisario? –dijo Susan-.
- Tendremos tiempo de nombrar a otros implicados en este asunto, señorita.
Según mis datos -continuó el comisario-, trabajan todos en la misma fábrica en la que se encontró el cuerpo inerte de Mr. Blog. El 25 de octubre, entre las 19 y 20h., tiempo en el que la autopsia certifica su muerte, ¿podrían decirme dónde se encontraba cada uno de ustedes?
- Como sabrá, señor comisario –se apresuró Mon Ra River- mi tarea en la fábrica es seleccionar el material con el que fabricamos las letras…
-un momento –interfirió Esco- ¿alguien podría explicarme a qué se dedica la fábrica concretamente?
- Yo misma –dijo Susan- ya que mi trabajo es el último de la cadena de producción puedo valorar lo que han hecho los anteriores compañeros que en definitiva definirá a la empresa. Mi trabajo consiste en corregir los defectos de las letras que fabricamos en distintos materiales, que como ha dicho Mon Ra se encarga de seleccionar. La empresa produce esas letras para rotular aforismos que aparecen en las calles de nuestra ciudad sin fronteras.
-Una fábrica de letras –dijo el comisrio-, queda claro. Pero prosiga señor Mon Ra River, ¿podría deletrearme que hacía y dónde se encontraba en el día y la hora que nos ocupa?
- Como le decía, señor comisario, yo selecciono el material y a esa hora, una vez hemos vaciado al exterior nuestra producción del día, ordeno y clasifico el material sobrante, así como analizo el que nos ha podido llegar. En nuestro centro de datos queda reflejado cada minuto de las operaciones que hacemos, ello le demostrará que estaba ocupado todo ese tiempo en el que al parecer ocurrió el asesinato.
- ¿Asesinato? –dijo el comisario desafiante-.¿ Tan seguro está que lo fue?.
El cuerpo de Mr. Blog lo encontró la mujer de limpieza a la mañana siguiente, tenía fuertes golpes en la cabeza y contusiones por todo el cuerpo, de tal magnitud que parece improbable la acción individual. Ustedes cuatro son los únicos que se encontraban ese día y a esa hora en la fábrica. En el cuerpo de Mr. Blog hemos encontrado restos de los materiales que usted, señor Mon Ra River, selecciona en la producción de las letras, ¿tiene algo más que añadir?

Mon Ra olvidó por unos momentos sus técnicas antiestrés mostrándose impaciente y presuroso en contestar al comisario.

- Yo no tengo nada que ver en esa muerte, todos tenemos contacto con los materiales con los que fabricamos las letras, además, ¿porqué habría que desear la muerte de Mr. Blog?


El comisario, tras un corto silencio interrumpido por el tecleado de sus dedos, les envió vía e-mail un texto en el que Mon Ra decía odiar a los tibios, refiriéndose a una autodefinición del propio Mr. Blog, en la que ”metaforeaba” sobre su alma tibia.
En ese momento, Susan Palmer explotó colérica en defensa de su compañero.

- No me puedo creer que una afirmación tan generalizada pueda considerarse motivo de acusación tan grave. Mon Ra realiza su trabajo escrupulosamente y siempre se muestra respetuoso con todos nosotros, es incapaz de desear mal a ninguno ni a nadie en este mundo.
- Señorita Susan, ya no puedo dudar de su determinante defensa hacia sus amigos, ¿sabría hacerlo por usted misma? ¿dónde se encontraba y qué hacía mientras Mr. Blog se despedía para siempre de su fábrica?

Nuevamente el silencio se hizo notar. Con la voz afectada por la emoción Susan respondió a la pregunta del comisario.

- Disculpe, los recuerdos me…. Bien, a esas horas mi trabajo digamos que ya ha finalizado, he revisado todas las letras, sus posibles defectos, rechazando las que no servirán y dando por terminada la producción en cadena. La salida al exterior ya no es de mi ámbito de vigilancia.

En ese momento, Mar-él Bird, interrumpió a Susan.

- Querida Susu, quiero que sepas una cosa. Mr. Blog me propuso diseñar unas letras comestibles que pudieran acompañar a sopas y caldos caseros, donde los aforismos aparecieran flotando en los platos de los niños y concienciarlos así de las cosas más importantes de este mundo.
En aquel momento su idea me pareció banalizar nuestra producción, así que como responsable del diseño y edición de letras le dije que no me parecía oportuna la idea, que quizá más adelante podríamos considerarla. Creo que eso le afectó muchísimo, me pidió que os lo comentara, pero no lo hice. Creyó que le ignorábamos al no recibir nuestros comentarios, quizá eso le alejó en cierta manera de ti y también de nosotros.
Señor Esco, ¿no cree que está usted en el camino equivocado? ¿Qué debería indagar fuera de la misma fábrica? ¿Qué motivos podríamos tener para querer asesinar a Mr. Blog?
- Señorita Mar-él, las preguntas las hago yo, le ruego que se calme. Y ahora le toca a usted decirme que coartada tiene para que descarte su participación en el suceso.
- Es usted abominable, no tiene ni un mínimo de consideración hacia nuestros sentimientos, si usted fuese una letra sería un modelo del que huir para todos los que diseñamos con corazón.
- ¡Basta ya! –gritó Stal-keél-, dejemos esta farsa. Les voy a contar lo que sucedió.
- Espléndido –dijo el comisario orgulloso-, ahí quería llegar, usted tiene la clave de mis sospechas. Por lo que se, su trabajo en la fábrica consiste en el lijado y pulido de las letras, ¿podrá ahora desbastar de lo ocurrido aquellos hechos que nos confunden para hacer relucir la verdad de lo que pasó?
- Por supuesto, comisario. Mr. Blog apareció en la empresa no hace mucho tiempo, entró como subalterno. Le veía a menudo presenciando cómo salían las letras de la fábrica al exterior. Ese día no se mantuvo en la distancia adecuada, ignoro si por descuido o por voluntad propia, el hecho es que tanto era su deseo de aprender que todas las letras cayeron sobre él dejándole mal herido, tambaleándose se alejó perdiéndole de vista. Nunca imaginé que aquella temeridad le produjera la muerte.
¿Somos culpables de producir las letras que causaron su muerte, señor Esco?
- Lo que se -contestó el comisario-, es que es muy peligroso acercarse con pasión a las letras que ustedes hacen. Nunca sabremos si fue un suicidio o una temeridad. Lo que sí podemos certificar es una muerte violenta causada por la tecnología y la inconsciencia humana. Supe desde un principio de su inocencia pero quería conocer su nivel de implicación en el desenlace y provocar la autocrítica en ustedes mismos.
Gracias por su presencia, les dejo para que sigan creando letras de aforismos urbanos. Por cierto, ¿tienen alguno en especial para este suceso? Yo sí: En esta vida algunos hombres nacen mediocres, otros logran mediocridad y a otros la mediocridad les cae encima, de Joseph Heller.

domingo, 15 de noviembre de 2009

EL MUNDO DEL DOCTOR ADVENTO

Con el paso del tiempo la memoria del ser humano va reteniendo lentamente las cosas, en contraste con la rapidez con que absorbemos de pequeños los hechos.

Aún así, en la niñez se nos borran situaciones de gran importancia y mucho más tarde aparecen de nuevo como proyectadas ante nuestros ojos adultos y autorizadas a nuestro entendimiento.

Eso es lo que me ocurrió hace unos días. Hasta ahora no me he atrevido a contarlo por lo extravagante y fantasioso que pueda parecer a la mayoría de mentes incrédulas. Yo mismo me considero desconfiado de las historias que se cuentan respecto a como será el futuro. Y de eso se trata, una visión del futuro inmediato a través de las enseñanzas que recibí del Doctor Advento. Así que, cual vulgar Teresa Forcades, mi responsabilidad me obliga a ello.

Fui un niño bastante inconsciente, corría creyendo que el mundo estaba vacío de obstáculos a los que sortear. Mi cabeza tiene algunas cicatrices de esos obstáculos, podría ser el mismísimo Hamba Gahle, aquel personaje sudafricano del que os relataba en una entrada anterior y que siempre estaba al borde de la muerte.

Según me contó mi tía, un día me llevó a un parque de atracciones, que es como entendemos de pequeños el mundo, y en una de mis inconsciencias o temeridades pasé corriendo delante de una barca que se columpiaba, yo que saltaba en tierra firme vi volar una barca extraviada del mar que dirigía la proa hacia mi sorpresiva cabeza.

El impacto debió ser brutal pues perdí conocimiento de todo lo que me ocurrió inmediatamente después y que hasta hace unos días no he vuelto a recuperar.

Sabía, a través de mi tía, que un hombre mayor con acento extranjero se acercó a mí curándome la herida. Hasta ahí los hechos que ya conocía, lo que viene ahora es la continuación que mi memoria a recuperado.

Para situaros geográficamente os diré que el parque de atracciones está en la montaña del Tibidabo, en la parte Noroeste de Barcelona. Era un lugar al que íbamos a menudo con mis padres y mi hermana por la proximidad de donde vivíamos. La urbanización de la montaña se debe al impulso del filántropo farmacéutico, Doctor Salvador Andreu Grau, así como la construcción del parque de atracciones inaugurado en 1899, aunque su nombre es mucho más conocido por las famosas “pastillas para la tos del Doctor Andreu”.

Es necesario hacer un breve recorrido por la historia del Doctor Andreu, pues como hilo de Ariadna nos conducirá de regreso al inicio de mi recuerdo.

Nació en 1841 y fundó su primera farmacia en 1866, vendiendo especialidades importadas y algunas fórmulas magistrales. Fue en 1868 cuando comercializó las pastillas contra el asma y la tos que le abrió mercados al extranjero, principalmente América Latina. A pesar de que al final del siglo ya disponía de una plataforma industrial bien establecida, no desarrolló la vertiente industrial y científica del negocio farmacéutico, sino que se dedicó a la promoción inmobiliaria, falleció en 1928.

Salvador Andreu vivió en el siglo de los grandes descubrimientos, el teléfono en 1876, la lámpara eléctrica en 1879, los descubrimientos de Livingstone que inició hacia 1880 el reparto de los territorios africanos entre las potencias europeas, en 1900 el matrimonio Curie realiza las primeras experiencias sobre la radioactividad del uranio y Fleming descubre la penicilina el año en que muere el Doctor Andreu, que se perdió en 1939 el descubrimiento de la fisión atómica.

Así que se puede decir que era un hombre de su época, inventor y empresario que consolidó una gran fortuna gracias a la tos.

Hoy en día las industrias farmacéuticas se enriquecen con la gripe que es una evolución de los síntomas de la tos.

Pues bien, los laboratorios del Doctor Andreu están ubicados en la ladera del Tibidabo, cerca del parque de atracciones donde tuve aquel terrible accidente. Yo tendría unos 4 años cuando ocurrió, fue en 1959, año en el que los laboratorios ANDREU crearon la asociación de vitaminas B1, B6 y B12 (BETRIPLE). De esas vitaminas estaría yo bien saciado por la energía que derrochaba.

Y en ese punto retomo el hilo cual Teseo en el laberinto.

Aquel hombre mayor con acento extranjero que me curó, trabajaba en aquellos laboratorios y decidió tomarse una pausa en su trabajo de investigación para pasear por el parque. Al verme en el suelo inconsciente y sangrando se acercó para tomarme en brazos y me llevó hasta el edificio del Doctor Andreu. Mi tía le acompañó aterrada en sollozos.

Hoy recuerdo aquellos momentos que se nublaron entonces. Veo con claridad una sala muy luminosa y enorme, en ella unos cubos de cristal servían de laboratorio independiente, ocupados cada uno de ellos por cuatro químicos. También tenían las primeras calculadoras e integradoras numéricas digitales electrónicas (ENIAC), así como analizadores robotizados de segunda generación (RA-sg). Estoy oyendo la música que sonaba en aquel espacio acristalado, luminoso y aséptico, eran los ricercare de la Ofrenda Musical de J. S. Bach.

En ese entorno exento de alma humana (a excepción de la música), donde la arquitectura del cerebro se expresaba con tanta tecnología y sofisticación, los ojos de un niño medio inconsciente, asustado y herido, no podían entender aquel espacio sino como una atracción más del parque donde había ido a jugar. Aquellos inexpresivos hombres y mujeres (en eso también estaban muy adelantados, pues buscaban los mejores científicos sin prejuicios sexistas) estaban creando la moneda del futuro. Ni el oro podía ya competir con las fórmulas magistrales que con el tiempo se convertirían en el Tamiflu que produciría Hoffman-La Roche, laboratorios que en 1978 adquirieron la marca del Doctor Andreu.

El Doctor Advento que así se llamaba mi sanador, me instaló en un escáner que emitía ondas cicatrizantes y regenerativas. Aquel aparato apareció públicamente en 1963, cuatro años más tarde, aunque su inventor, Rudolf Hell, era en realidad el doctor Advento y sus aplicaciones no tenían nada que ver con las que se utilizaron conmigo.

El secretismo de aquella industria es un misterio para mí, pero ahora ya nunca olvidaré las palabras del Doctor Advento cuando me acompañó hasta donde me esperaba mi tía: “el mundo futuro será de los tecnócratas”. Era el año 1959, en España influyentes personajes próximos al Opus Dei llevaban las riendas de lo que se llamó “el desarrollismo” o “plan de Estabilización”.

sábado, 24 de octubre de 2009

BIENVENIDO HAMBA GAHLE

No he viajado mucho, seguramente en muchos sentidos, lo cual no da a mis juicios suficiente interés, más valor tienen las experiencias de otros a los que considero imprescindibles para saber del sentido de la vida y del hombre. Seres a los que su piel se ha convertido en corteza que esconde los círculos concéntricos que con el paso del tiempo han crecido en su interior, siempre alimentándose de raíces profundas, tan extensas que llegan al límite de un núcleo lleno de fuego.

En uno de mis escasos viajes, aunque en ese caso fue un país lejano, me encontré con un personaje muy especial. Fue en Sudáfrica, cerca de Durban. Una de mis mejores amigas nació allí, y gracias a su extrovertida relación con las personas (blancas y negras) de aquella ciudad, fuimos invitados por Mercy, cocinera de su primo, a pasar un par de días con su familia en un poblado llamado, Inanda, donde los únicos blancos éramos mi amiga y yo.
Nos reservaron una gran estancia para nosotros solos. Era una choza circular con el techo de mimbre y paja. Una cama, dos sillas y una mesita eran lo único que le daba el aspecto de una habitación.
El retrete, situado en una ladera de la zona, era comunitario para unas cuantas familias. Consistía en una cabina que escondía un pozo con cal en su interior, supongo que con la intención de higienizarlo para los visitantes recién llegados.

Hicieron una cena generosa y alegre. Muchos familiares de los anfitriones nos acompañaron en una comida llena de especias sin llegar a ser muy picantes, más bien aromáticas, como sus conversaciones.
Uno se da cuenta que los seres humanos tenemos una facilidad de adaptación considerable, pues aún en las circunstancias más pobres sabemos crear momentos festivos que nos unen. Se respiraba verdadero afecto.
Los familiares invitados, una vez avanzada la sobremesa, empezaron a despedirse. En un reducido círculo de tertulianos el más viejo del grupo (a pesar de tener 54 años parecía mucho mayor), nos contó su largo historial de accidentes siempre al límite de la muerte.

Pocas semanas antes de nacer Bienvenido (traducido del Zulú), que así se llamaba aquel envejecido hombre de 54 años, su madre tuvo un grave accidente al caer de un camión abarrotado de gente. Creyeron que habría perdido a su hijo. Tuvieron que cuidarla día y noche mientras Bienvenido se preparaba, a pesar suyo, para ver el mundo.
El parto, aunque difícil por la resistencia del bebé a salir, no supuso ningún problema ni pareció que hubiera afectado físicamente al pequeño. La madre sobrevivió y dio vida a otro ser.
Bienvenido creció con mucha energía y su curiosidad le llevó a extremos increíbles de temeridad, como intentar acariciar a unas crías de leona un día que se escapo de la vigilancia de sus padres. La madre leona se lanzó sobre el pequeño diablo y la madre “no hay más que una”, sobre la bestia. Pronto llegaron el resto de familiares humanos que lograron ahuyentar al animal. El diablillo tenía unas profundas marcas de colmillo y sangraba abundantemente, mientras que su madre tenía heridas más graves y murió en pocas horas.
Bienvenido sobrevivió gracias a la valentía de aquella mujer que le dio una segunda oportunidad.
Mientras nos contaba su relato, los que allí estaban asentían con un fugaz canto de lamentación al final de cada secuencia, ¡Hamba Gahle!, que significa: vete con Dios.

Siguió narrando cómo se escapó de nuevo de su entorno custodio. Tenía 14 años y su afán de aventura y riesgo no cesaba a pesar de recibir más de una advertencia sobre la peligrosidad de perder la vida por la imprudencia en vivirla; tal vez eso era lo que le atraía.
Subió a un tren quizá para aumentar la velocidad de su propia existencia, o para llegar antes a su destino, que es el de todos, morir.
Pero había algo en él que le protegía de cualquier final que no fuera la noche y el dormir, único instante en el que parecía aceptar una tregua al duelo constante en el que vivía. Él, sin armas, más bien sobrevivía porque los “otros” fallaban su puntería.
El tren descarriló, ¡cómo no! Entre los amasijos de hierro y madera sobresalió una cabeza que aún respiraba. Bienvenido estaba atrapado, metafóricamente entre la vida y la muerte, entre aquellos retorcidos materiales férricos y su aliento.
Estuvo varios meses en el hospital recuperándose de importantes traumatismos por todo el cuerpo, hasta que finalmente volvió a retar a su “contrincante”. ¡Hamba Gahle!.

Cuando pudo, se puso a trabajar en la extracción de diamantes, no por su cuenta, claro, si no para la empresa Petra Diamonds Ltd. Las condiciones eran muy duras y un día decidió aumentarse el sueldo llevándose una pequeña piedrecilla como portador infiltrado para un grupo organizado de ladrones.
Lo descubrieron y en su huída fue perseguido hasta unos terrenos cercanos a un parque nacional donde vivían en cautiverio animales salvajes. En su intento desesperado de escapar se introdujo en esa zona de gran peligro. Los agentes que le perseguían disponían de armas para protegerse lo cual no les infundía temor adentrarse en ese espacio prohibido. Se escondió entre malezas intentando no ser visto, ni por sus perseguidores ni por los depredadores que podían merodear por aquel lugar.
Cuando creyó que había despistado a los agentes se arriesgó a salir de su escondite, prefiriendo una muerte salvaje a otra “humanizada”. Los rinocerontes blancos no suelen tener buena vista y se alejan de cualquier movimiento que observan, pero cuando llevan una cría con él son muy agresivos y se lanzan sobre lo que consideran que puede ser un peligro para su pequeño.
Bienvenido fue corneado por ese punto de mira prominente del que esos animales hacen ostentación. Tan fuerte fue el golpe que lo desplazó a 15 metros del lugar donde estaba. Quedó inconsciente. Mientras el animal emprendía la carrera para rematarlo el ruido de las hélices de un helicóptero le hicieron retroceder en busca de su pequeño.
Bienvenido fue rescatado y detenido al mismo tiempo, aunque no sabían si salvarían su vida.
Nuevamente el hospital fue su hogar del que salió reconstruido, pero al salir le encarcelaron. ¡Hamba Gahle!.

Le llevaron a la prisión de Robbend Island y allí conoció a Nelson Mandela.
Llegados a este punto de la resumida biografía que nos contaba Bienvenido, Anet mi amiga, y yo, nos miramos sorprendidos y expectantes, pues hacía sólo dos años que Mandela se había convertido en el primer presidente de raza negra de la República de Sudáfrica.
Al parecer, según nos dijo Bienvenido, la amistad que nació entre los dos fue creciendo a medida que Mandela conocía los detalles de la vida de aquel maltrecho joven de 25 años. Le impresionó su valentía y arrojo vital hacia la aventura, y por supuesto, la milagrosa capacidad para sobrevivir a tantas situaciones cercanas a la muerte que él perseguía.
Bienvenido conoció de primera mano los ideales del hombre que cambió la situación de apartheid que vivía su país, se interesó vivamente y le prometió luchar por esos mismos ideales al salir de prisión. Fueron dos años de reflexión durante los que decidió entregar su vida por una causa digna.
El día que salía de Robbend Island, se fundía en un largo abrazo con aquel hombre que le sirvió de guía para dirigir ése impulso incontrolable que nacía de su interior más desconocido. ¡Hamba Gahle!.

Se afilió al Congreso Nacional Africano (ANC) y siempre estaba en primera línea de las manifestaciones. Nos mostró algunas cicatrices de heridas de bala, una cercana al corazón.
Su posición se volvió más radical y llegó a formar parte del Umkhonto we Sizwe (‘Lanza de la Nación’), brazo armado del ANC. Para ello tuvo que viajar a Argelia para recibir entrenamiento para la lucha guerrillera.
Al volver a su país, el avión en el que iba se estrelló al intentar un aterrizaje forzoso.
Eran 45 guerrilleros más los dos pilotos. Murieron todos, excepto uno, él.
Con quemaduras y graves lesiones estuvo internado más de un año en el segundo útero materno, que él llamaba al hospital de turno.
Pensó que por más que quisiera dejar éste mundo una fuerza misteriosa siempre lo salvaría, así que a partir de aquel momento dedicó su vida a salvar otros suicidas más normales, como los que se cuelgan de los árboles o se lanzan desde los acantilados, seres que en el fondo reconocen imposible su deseo de vivir.
Bienvenido no deseaba vivir porque no le interesaba éste mundo, no era una conclusión meditada, era el impulso que la mutación de un gen había provocado en él, como el que siente la necesidad de jugar, de aprender, de crear.

Hoy, a mis 54 años y recordando aquella noche, me siento resignado a ser lo que mis genes me ordenan. Imaginarme historias como éstas que nacen de un impulso profundo y salvador. ¡Hamba Gahle!.

jueves, 8 de octubre de 2009

ESCALÓN DE ALCOLEA (II)

Estoy delante de mi te, unas tostadas ligeramente untadas de miel y nata a rebosar. Placeres que ayudan a empezar el día. En la complacencia de mi estómago viene a mi memoria la imagen de Escalón de Alcolea sentado en el banco de aquella plaza, casi en trance, mirando fijamente una respuesta sin pregunta. Así creo entender (o así me hizo comprender), con tan solo observarlo vi qué estaba sucediendo en su conciencia. Las verdaderas respuestas vienen en los estados de lucidez extrema cuando ya hemos olvidado qué queríamos saber.


Después de presentarnos seguimos en conversación amena y siempre interesante, con pinceladas de humor que agradecíamos con buenas dosis de risas.
"Contar escalones –me decía- me ha abierto el entendimiento que tenía obstruido, me di cuenta que las distracciones a mi alrededor eran tantas que no era consciente dónde pisaba.
Recordar ésta simple frase hizo rebobinar en mí situaciones que ayer viví.

Fue así; me desperté buscando una solución a diversos problemas, principalmente el económico y cómo continuar con el último cuadro en mi taller. Pensé que podía con ambos, así que empecé buscando la solución a mi cuadro, creyendo que lo económico era mucho más difícil de arreglar. Estaba en ello cuando sonó mi teléfono;¿ si?, ¿qué problema?, ¡ah!, ¿pero no estaba solucionado?, sí dime, tomo nota, ¿cómo dices?, ¡pero esto no es en lo que habíamos quedado! Y así durante 13 minutos.
Seguí en mis propias soluciones. Me vestí y bajé, sin contar escalones, a la calle. En ese momento mi vecina del primero llegaba con un carrito y dos grandes cajas de cartón en el. Me ofrecí a ayudarla a subirlas. Ya en el rellano de su piso, me explico que eran pañales para su madre, ya mayor, contándome las dificultades que le suponía el cuidado de ella debido a los dolores de cervicales que arrastraba desde hacía tiempo. Era evidente que necesitaba erupcionar todas sus desgracias de buena mañana, así que yo estaba allí, esperando que me salvara la campana, la de la mesita de noche que su madre utilizaba para reclamar la presencia de su hija.
El asalto duró 13 minutos.
Por fin fue el cartero el que interrumpió, ¡divina interrupción!, y pude escaparme del servicio terapéutico que prestaba a mi vecina.
Llegué a la estación del Bicing. Mientras pedaleo suelo estar con mis pensamientos; buenas ideas me han surgido de esos viajes sobre ruedas y algún susto por despistarme.
Tuve suerte, quedaba una bicicleta libre. No llevaba ni cien metros recorridos y apenas dos reflexiones esbozadas, cuando una de las ruedas perdió estabilidad y mis pensamientos se desinflaron.
Retrocedí andando hasta la estación más cercana para dejar la bicicleta y decidí coger un autobús, tal vez allí podría reflexionar con tranquilidad.
En la parada había una larga cola de gente esperando. Bueno, pensé, debe estar a punto de llegar. Cuando empezaba a retomar la solución estética de mi cuadro los comentarios sobre la tardanza del autobús empezaron a distraerme, pues algunos me dirigían la mirada como queriendo que participara de sus quejas. Se me ocurrió decirles que algún incidente importante podía haber pasado para que tardaran tanto los autobuses en llegar. Hasta que pasó un señor que nos informó que había huelga de conductores de transportes públicos. Las quejas aumentaron, los improperios y el mal humor tenían en mí todas las miradas dirigidas. ¡No hay derecho, nos tratan como ganado! ¡Ni se nos avisa, qué cuesta poner un letrero informativo para que no tengamos que perder el tiempo de esa manera! – decían-. Ingenuo de mí, ¿cómo podía explicarles que mis reflexiones podían producirse tanto en el autobús como esperando a que llegara?

Dos veces trece minutos fue el tiempo que estuve allí. Seguiría con interminables distracciones que os aburrirían y no quisiera distraeros de la conclusión a que me lleva la crónica de ese día: concentrarnos en algo que nos interesa nos permite progresar en su entendimiento, ¿nos lo permite la sociedad en la que vivimos?

Escalón de Alcolea estaba en ello cuando me senté a su lado.

sábado, 3 de octubre de 2009

FUNCIO DE LA NÓMINA

FUNCIO de la NÓMINA

Nunca me había fijado en esos ciudadanos del ejército estatal. Perdón si ofendo a servidores públicos con un problema menos; perder el trabajo. El sueldo es otro tema, la mayoría se quejarán de insuficiente, y tendrán razón, en eso no me meto, que no se note ningún tipo de crítica, al fin y al cabo todos escogemos lo que podemos, en mi caso escogí la inseguridad laboral a cambio de tener todo el tiempo libre posible, sin horarios fijos, ni relaciones forzadas con compañeros de trabajo, o sumisiones al jefe/jefa de turno a pesar de sus incompetencias, etc., etc.
Para mí, son afortunados, como creo que también lo soy yo, a pesar de mi precaria situación económica.

Pero la vida siempre te sorprende y te ofrece nuevos ejemplos del existir humano. Como encontrarme con Funcio de la Nómina, cuyo nombre denota una procedencia aristocrática, o al menos de familia noble talvez venida a menos. De hecho fue un reencuentro, un compañero de la infancia, iba a decir amigo, pero nunca llegó a serlo, teníamos intereses muy diferentes. Mientras yo escribía cuentos en clase que luego leía a mis compañeros, él, servía de ayudante a la maestra en trabajos que iban desde ordenar papeles, archivar exámenes, o hacer recados de emisario entre profesores, lo que le daba acceso a datos personales de sus propios compañeros. Incluso recibía pequeñas propinas para golosinas. Así que no dejaba de ser un privilegiado funcionario ya en sus años escolares.
No llegábamos a los ocho años de edad pero cada uno ya ocupaba un lugar en la micro sociedad de nuestra clase.

Un día me dejé mis cuartillas noveladas en el cajón del pupitre. Funcio, que también ordenaba el desorden de las clases, a veces se entretenía en fisgonear en los cajones, por escrupuloso, que no por indiscreción. Menudo cómplice de la seguridad pública.
El caso es que al volver del recreo -ese día preferí jugar a fútbol que entretener a mis compañeros con una historia de terror-, me puse a escribir en mi novela mientras el resto hacía sus deberes. La señorita, bueno, la desagradable autoritaria de la maestra, se acercó tomando mis cuartillas para después de una rápida ojeada romperlas acompañándolo con la sentencia: “en clase no se pierde el tiempo con esas cosas”. Hasta los catorce no volví a escribir “esas cosas”, era la historia sobre la fuga de unos presidiarios peligrosos, vigilados celosamente por funcionarios de prisiones.
A los diez años cambié de colegio y perdí de vista a, de la Nómina, así nos llamábamos entre nosotros, por nuestro apellido, eso ya dice mucho de aquella época.

El mundo es un pañuelo, dicen, en él todos estamos y a veces coincidimos, fue seguramente a consecuencia de un estornudo, que nos sacudió del lugar en el que estábamos para reencontrarnos de nuevo.
Tiene un cargo en una empresa municipal que promueve la ocupación laboral. Allí estaba yo, renunciando a mi libertad de horarios por unos ingresos fijos al mes y salir de mi precaria vida económica, aceptando que no tengo las cualidades necesarias para ganarme la vida con mis creaciones literarias, resignándome a mi edad a entrar en la bolsa de empleo, en el saco del miedo, ¿quizás el hombre del saco consistía en eso?
Bueno, Funcio no tiene precisamente un aspecto que infunda terror, de hecho ya ni me acordaba de su cara, fue él quien me reconoció. Era como si estuviera esperándome desde entonces, abriéndome las puertas del infierno.
Sonrió como si hubiera ganado la partida. En ese momento reaccioné, saqué una libreta que llevo siempre conmigo y anoté la dirección de mi blog, ofreciéndosela mientras me despedía figurando que me quitaba el sombrero.

FRUSTRO RESENTIDO

Hay personas a las que les tienes una cierta simpatía y aprecio, aunque te pongan los nervios de lo más erizado. Nunca sabré si la naturaleza, mediante los genes, predeterminan las facultades que hacen destacar a unos más que a otros y al mismo tiempo provocar repulsa o atracción en el mismo individuo, o todo depende de nosotros.

A Frustro Resentido lo conocí no hace mucho tiempo. Fue en una inauguración de pintura, a él le tocó actuar después de la presentación a cargo de un crítico de arte, un tanto soporífera y en absoluto orientadora de la obra que se exponía.
Me impresionó la presencia de Frustro, la seguridad con la que se dirigió al público anunciando la pieza musical que iba a cantar; un aria de Pergolesi y el “Suspiro profundo”, de Andrea Sorrento. Impecable, absolutamente perfecto, quizás demasiada perfección. Imposible hacer ninguna matización a su actuación si dejamos a un lado la emoción. Me pareció como el virtuoso al que le falta el defecto que nos permite comunicarnos con él.
Al terminar, los aplausos parecieron no importarle, en eso se parecía a un habilidoso prestidigitador qué, a sabiendas del engaño, hace como si de magia se tratara.
Me acerqué a él junto a una amiga que me lo presentó, charlamos, de música, por supuesto. Lo que al principio era una fuente de información inagotable, pasó, al rato, a un creciente catálogo de críticas, reproches, desprecios y juicios de desaprobación a todo el mundo musical, desde los aficionados que hablan sin saber, pasando por los críticos que creen saber, pero son ajenos a la honestidad profesional. Los intérpretes, a los que consideraba más o menos importantes según su afiliación política y compromiso social. Los promotores, directores de auditorios, y cómo no, los de orquesta, a los que, en el fondo, envidiaba.

El tono de voz iba en crescendo, sostenuto y presto.

Era evidente que no se le tenía en aprecio, tampoco se contaba con él para las grandes actuaciones, aunque se le respetaba por sus conocimientos y argumentaciones.
Nos contaba -ya éramos un círculo importante a su alrededor-, que debía dedicarse a la docencia en lugar de la interpretación por culpa de la ausencia total de sensibilidad de los dirigentes culturales.
En mucho tenía gran parte de razón, pero su vehemencia escondía un cierto resentimiento hacia la profesión. Tanto saber llevaba añadido los límites de su propia capacidad artística. Esa frustración tensaba cada una de sus palabras, el cantábile de su voz se volvió desgarrado, las disonancias se mezclaban con desafinados gritos y poco a poco sus cuerdas vocales le provocaron una disfonía considerable que lo paralizó dramáticamente.
Alguien le acercó un baso de agua mientras otro le ayudaba a sentarse. Había perdido la voz. Los dolores de garganta se dispersaron por el pecho y la espalda anunciando un malestar crónico a partir de ese día.

Aún siendo marginado por los promotores, hubiera podido seguir cantando por el propio placer que ello significa, pero utilizó su voz con tanto esfuerzo para la crítica que nunca más recuperó el canto y quedó en un silencioso “Suspiro profundo”.

viernes, 2 de octubre de 2009

ESCALÓN DE ALCOLEA

La especie humana es diversa y dispersa, observarla nos permite reflexionar sobre nosotros mismos.

Hace unos días me llamó la atención un hombre viejito que estaba sentado en un banco, con su mirada serena y fija en dirección frontal hacia un punto indeterminado que atravesaba caminantes, automóviles y edificios. Ignoro qué información procesaba.
Me inquietaba de tal manera que no pude resistirme a acercarme y sentarme junto a él. Me sentía confortable a su lado y su presencia me producía cierta paz y silencio a pesar del barullo de vehículos a nuestro alrededor.
No se inmutó apenas. Le miré y disculpándome por si le podía molestar le pregunté si necesitaba alguna ayuda. Se giró lentamente y mirándome con naturalidad sonrió a mi pregunta.
¿Quién de los dos necesita ayuda? pareció responder con su silencio.
Le dije que no sabía realmente porqué estaba sentado a su lado, pero sentía curiosidad por saber quien era.
Quería oír su voz, así que insistí en provocar alguna respuesta suya.

- ¿Viene a menudo a éste lugar? –le pregunté–.

- Hoy es el primer día –fue su respuesta–. Hace una semana –siguió diciendo– que cuando llego a mi casa cuento los escalones de la escalera. El primer día me fijé en los peldaños, me sorprendió su estado envejecido y deteriorado. También reconocí el ruido, al pisar en el rellano del segundo piso, que cada día escucho desde mi habitación, era una baldosa que se había desprendido del pavimento. Cuanto más arriba subía, en peor estado se encontraban las tabicas y las zancas, nunca antes fui consciente de ello. Así que, al día siguiente, volví a contarlos mientras observaba las paredes y los desconchados de la pintura. Al llegar a mi rellano el número de escalones se había incrementado en cinco, de los cincuenta y tres del día anterior.
Creí haberme equivocado al contar, así que el tercer día los volví a contar. La barandilla en la que me apoyaba estaba llena de polvo y en algunas partes oxidada. ¡Sesenta y tres! ¡Cinco escalones más! Pensé que de nuevo me había descontado mientras miraba el deterioro de las hileras de barrotes.

Toda la escena me la contaba el viejecito con total parsimonia y sin apenas inmutarse.
Yo le escuchaba con curiosidad e inquietud.

- El jueves –continuó–, al entrar en el portal saqué una libreta y marcaba en ella con una línea cada uno de los peldaños que subía. Al pasar por las distintas puertas de mis vecinos intentaba que sus voces, los gritos, discusiones, la música y los anuncios televisivos, no me distrajeran de nuevo.
Pero, ¡Ah, amigo mío! Mi sorpresa fue mayor que en los días anteriores. Setenta y tres fueron los escalones anotados en mi libreta, diez más que el día anterior.
He de decirle, que hace una semana cumplía 53 años, hoy tengo el aspecto de un hombre de 73. Así que he decidido no volver a subir más por la escalera de mi casa, ésa que estoy mirando fijamente desde este banco.

¿Cómo se llama, joven? -me preguntó-, Ricardo, contesté, ¿y usted?

- Escalón de Alcolea, para servirle.

miércoles, 30 de septiembre de 2009

AVARO DINERO

A veces uno quiere cambiar de vida, renunciar a la que se ha construido desde que se es consciente de sí mismo. En el caso de Ricardo Roncal esa decisión se llevó al extremo radical, drásticamente, y lo digo así porque su postura me parece de lo más inaudito en un individuo que mantuvo tanta constancia vital en sus ideales.

Los que sobreviven suelen tener sólidos principios que mantienen con la misma fuerza que los cimientos que los crearon, pero un día puede cambiar todo por las circunstancias más impensables.
Ricardo era un activo trabajador de la ciencia, especializado en la investigación de los fenómenos estéticos. Huía de los clasicismos para adentrarse en la especulación de los medios modernos de creación. Dicho así podrá parecer un poco ambiguo, pero es que, de hecho, él era así también. Sus ideas podían cambiar pero no así sus ideales, la abnegación, el desinterés económico, la falta de ambición social, su generosidad y austeridad de vida eran conductas que le proporcionaban recursos para seguir sus experimentos, pues su entorno lo veía responsable y optimista, dos buenas tarjetas de presentación.
A pesar de esa presencia empática que mostraba, todos ignoraban esa dedicación seria y profunda que ejercía en su laboratorio personal. Sus resultados científicos no conseguían atraer la atención de amigos y conocidos, sólo un pequeño grupo de entendidos, locos obsesionados como él, podían valorar su trabajo.
¡Pero, hay las circunstancias! El mundo real en el que vivía empezó a cambiar, la economía equivocó sus estrategias, el trabajo, los proyectos, la alegría consumista, los créditos, todo se truncó, y por supuesto le afectó en gran medida. Nunca fue de ahorrar, ni pensar en el mañana, vivía al día, el presente, aunque sus investigaciones ya viajaban hacia el futuro.
Crecían sus deudas, y también el pánico, o quizás sería más justo decir: la duda.
Ni su familia le entendió, ni sus amigos le creyeron capaz. Ya no quería pedir, pensó que talvez se había equivocado al escoger sus ideales, en los que incluía la bondad de los demás. Sabía que podía atesorar riquezas si se lo proponía y vivir sin limitaciones, a cambió de renunciar para siempre a quien había llegado a ser.
Tal reflexión suponía para él desprenderse de todo y todos aquellos que formaban parte de su personalidad. Dejó familiares, amigos muy cercanos, pertenencias, su laboratorio, la pareja que tanto había significado para él y el hijo que habían tenido hacía tan sólo unos meses. Desapareció Ricardo Roncal y nació Avaro Dinero.