

No es “Dos en el cielo”, una película que entusiasme al gran público. Lo comprendemos. En primer lugar, no tiene alarde técnico alguno del otro jueves, sencillamente la buena técnica "standard" americana; y en segundo lugar no tiene una excesiva espectacularidad concesionaria ni nada, ó muy poco de lo que gusta a las masas, a pesar de los eternos convencionalismos que rigen los cánones del estudio. Pero tiene en cambio esta cinta un algo que no logra captar todo espectador. De ahí la poca aceptación de la cinta en su estreno.
Oyendo comentarios de ese público festivo, en cierta parte algo «snob», en otra, indiferente, aburrido, incomprensivo, el mismo que a media película distrae a los demás con el frú-frú de la celofana de los bombones de chocolate; oyendo sus comentarios, repito, no pudimos por menos de pensar que no se les puede exigir mucho a esas mezquinas y rutinarias mentalidades.
“Dos en el cielo”, según el punto de vista de otro productor, hubiera podido resultar un drama realista tremendo, alucinante, muy a la moda de hoy día. Afortunadamente para el “film”, en él no ha resultado nada de eso.
No vamos a discutir sobre el tema, inverosímil, incomprensible, ultraterrenal en su explanación. Dejemos la solución del mismo, si es que la tiene, para el más allá, y aceptémoslo ahora tal cual se nos presenta. Es mejor así. Será si se quiere, una forma muy deportiva de tratar el asunto, algo despreocupada, muy americana, pero muy agradable, deliciosa y mírese cómo se quiera, la única natural. Cada uno podrá reaccionar según su modo de ser y de pensar, pero nadie podrá negar el fondo poético y lleno de espiritualidad de la obra.
En ése punto estriba el máximo valor de la película.
Repetiremos que la misma tiene defectos, tópicos mejor, pero ese halo de poesía que fluctúa en todas las intervenciones del espíritu burlón de Spencer Tracy; ese romántico lirismo de los pensamientos de Irene Dunne; ese poder ignoto - posible o no posible - sobre el hombre que empieza a serlo, por un ansia de poder; toda esa virtud, esa esencia nimbada de música celestial, todo ello, repetimos, es algo que se ve, se siente tan raramente, que es por ello que consideramos que la cinta vale la pena de una atención más noble. Será mucho pedir a ese sector tan materializado, pero es que es una verdadera lástima que una cinta tan pura, tan honrada, cinematográficamente hablando, haya tenido una tan fría acogida, incluso por aquellos que se precian de saber distinguir entre el cine-espectáculo y el cine-cine.
Este bello mensaje espiritual llega hasta nosotros tan suavemente, de forma tan sutil, gracias a la sensibilidad de Víctor Fleming, quien tuvo toda la ayuda en el primor, el sentimiento y la etérea feminidad de Irene Dunne y la sobriedad y despreocupación vacía de “pose” del arte de Spencer Tracy.
José Pascual Llorens
21-3-1947.
PRODUCCIÓN M-G-M. 1943.
DIRECTOR, VÍCTOR FLEMING
ACTORES: IRENE DUNNE, SPENCER TRACY.